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jueves, 6 de abril de 2017

Una ley ridícula e incumplida


Me refiero a la Ley Foral 24/2003, de 4 de abril, de Símbolos de Navarra, cuya derogación, afortunadamente, se producirá un día de estos en cuanto se publique en el Boletín Oficial de Navarra la norma en tal sentido recientemente aprobada por el Parlamento de Navarra.
El debate sobre esa derogación, bronco y áspero como pocos, se ha centrado en la cuestión de la ikurriña. Y sí, el propósito confesado de la Ley Foral de Símbolos fue eliminar la ikurriña de diversos ayuntamientos navarros que la exhibían, en muchos casos, desde la época de la Transición, cuando no era todavía la bandera de la Comunidad Autónoma del País Vasco. Y uno de los objetivos de su derogación es permitir que los ayuntamientos, si lo desean y si los jueces les dejan (probablemente no), puedan colocar la ikurriña en sus sedes.
Pero la Ley Foral de Símbolos ofrece otros aspectos, poco o nada comentados ni cuando se aprobó, ni cuando se ha decidido su derogación, que me llevan a felicitarme de que vaya a desaparecer del ordenamiento jurídico. Bastantes de sus preceptos ofrecen un contenido  tan sumamente ridículo, fruto de la patológica inflamación del sentimiento de identidad que animó su alumbramiento y que se quiso hacer contagiosa, que nunca han sido aplicados o, al menos, no han sido aplicados en su totalidad. Ni siquiera por el partido que promovió la norma, UPN, pese a haber detentado el Gobierno de Navarra durante doce años a partir de su promulgación y de haber detentado también durante ese tiempo muchos gobiernos locales. Que una norma sistemáticamente incumplida vaya a desaparecer del mundo del derecho es, de por sí, una buena noticia para los que creemos en el Estado de derecho.
¿A qué preceptos me refiero? No a los que definen cuáles son los símbolos de Navarra, que son totalmente innecesarios porque la descripción de la bandera y del escudo ya están en el Amejoramiento del Fuero y el himno venía impuesto por la tradición sin necesidad de norma alguna. En realidad, es bastante discutible si es necesaria una ley de símbolos, hay muchos países y algunas comunidades autónomas españolas que carecen de ella y que no la echan de menos. Me refiero, por ejemplo, al art. 6.3, “constituye un derecho cívico de todos y cada uno de los ciudadanos de la Comunidad Foral que la bandera de Navarra ondee en el exterior de los edificios de las sedes administrativas y de los servicios de las Instituciones Forales y de las Corporaciones de derecho público de Navarra”, o al art. 7, “la bandera de Navarra deberá estar expuesta en lugar preferente, sin perjuicio de la preeminencia de la de España, en el exterior de todas las sedes administrativas y edificios de servicios de las Instituciones Forales y de las Corporaciones de derecho público en Navarra”. Todos y cada uno de los ciudadanos de la Comunidad Foral vemos defraudado ese supuesto derecho cívico porque la bandera de Navarra no está, ni ha estado, ni hace ninguna falta que esté, en muchos edificios que albergan servicios administrativos. A raíz de la aprobación de la Ley Foral de Símbolos el Gobierno de Navarra se dedicó a colocar banderas en algunos lugares donde no había sido costumbre hacerlo, donde no había necesidad alguna de hacerlo, como hospitales, bibliotecas o parques de bomberos. Pronto se cansó; las instituciones forales y los servicios públicos ocupan demasiados inmuebles a lo largo y ancho de todo el territorio navarro como para dedicar tanto tiempo y tanto dinero a sembrarlos de banderas. Sin ir más lejos, en donde yo trabajo de funcionario, el Tribunal Administrativo de Navarra, nunca ha habido banderas, ni en el exterior ni en el interior, y no parece que nadie las haya echado de menos.

Cuando yo era joven recuerdo que solo había banderas en unos pocos edificios, las sedes oficiales de las instituciones públicas (Diputación, Ayuntamiento, Gobierno civil, etc.) y solo se colocaban los días de fiesta. Luego llegó esta inflación e inflamación del sentimiento patriótico y se fue haciendo costumbre poner las banderas todos los días del año y a todas horas en cualesquiera edificios que albergaran alguna dependencia pública. La Ley Foral de Símbolos culmina la exageración imponiendo que no quede dependencia administrativa alguna sin exhibir permanentemente sus banderas. Aparte del evidente incumplimiento de tal pretensión, la norma ha tenido otros efectos colaterales negativos. Con frecuencia, la persistente exposición de las banderas a las inclemencias meteorológicas hace que se vean descoloridas y hasta deshilachadas, con lo cual en lugar de infundir un sentimiento de fervor patrio lo que producen es un sentimiento de lástima. Y a menudo el lugar donde se colocan las banderas, por la configuración del edificio en cuestión, carece del mínimo de prestancia y dignidad que parece que debieran tener símbolos a los que se pretende dotar de tanta pompa y sacralidad como la que sugiere la Ley Foral de Símbolos.


El art. 8.1 dispone que también “todas las entidades que componen la Administración Local de Navarra están obligadas a exhibir la bandera de Navarra en el exterior de sus sedes y edificios destinados a los servicios públicos de su competencia”. Afortunadamente nadie ha pretendido cumplir este precepto hasta sus últimas consecuencias, lo que obligaría, por ejemplo, a colocar las banderas en los cementerios, como servicios municipales que son. No he visto ningún cementerio con banderas, adorno que resultaría muy poco apropiado. Tampoco se suelen colocar en las instalaciones de otros servicios de competencia de las entidades locales como mercados municipales, depósitos de vehículos retirados por la grúa municipal o viviendas de acogida a mujeres maltratadas. Ni falta que hace.
En el caso de las entidades locales, y a diferencia de las demás instituciones, la Ley Foral de Símbolos precisa que las banderas han de colocarse de forma permanente solamente en el interior de los edificios, mientras que en el exterior ha de ser “al menos, entre las 8 y las 20 horas de cada día”, norma beneficiosa para la creación de empleo público si se decide retirar las banderas de noche, pues habrá que atribuir a algún funcionario la labor diaria de izar y recoger las banderas.
El art. 8.2 limita taxativamente las banderas que pueden ondear en los edificios de las entidades locales, “únicamente ondearán con la oficial de cada entidad local y en los edificios municipales, con exclusión de cualquier otra, la bandera oficial de Navarra, la de España en los términos establecidos en la Ley 39/1981, de 28 de octubre, y la de Europa cuando así se establezca formalmente”. Dado que cada entidad local solo puede colocar su propia bandera oficial, la Mancomunidad de la Comarca de Pamplona lleva años incumpliendo la ley ya que en su sede tiene colocada una descolorida bandera de Pamplona cuyo uso no le corresponde, ya que es la bandera oficial de una entidad local distinta, el municipio de Pamplona. Con la derogación de la Ley Foral de Símbolos esta situación quedará legalizada. Y muchas entidades locales incumplen también la ley al tener colocada la bandera de Europa sin haber adoptado “formalmente” un acuerdo en tal sentido, ya que no existe ninguna disposición que establezca la obligación de colocar la bandera europea.


El art. 10 dispone que “la bandera de Navarra no podrá ondear en plano de igualdad junto a la de empresas o marcas comerciales, asociaciones de vecinos o entidades privadas”. Norma estúpida donde las haya y que también se incumple sistemáticamente, hay diversas entidades privadas que ondean su propia bandera en plano de igualdad con la de Navarra sin que a sus responsables se les haya pasado por la cabeza que tal comportamiento sea ilegal y que suponga algún menosprecio para la bandera navarra. Situación que, afortunadamente, también va a quedar legalizada en breve.

 
El art. 11.1 dispone que “todos los años, dentro de las actividades del Día de Navarra, se celebrará, promovido por las Instituciones de la Comunidad Foral de Navarra, un acto de homenaje a la bandera de Navarra, y se fomentará su uso mediante la convocatoria de concursos, exposiciones, audiciones, certámenes o competiciones de diversa índole”. Homenaje que, a Dios gracias, no se ha celebrado ninguno de los catorce años en que ha estado vigente la Ley Foral de Símbolos, ni siquiera en los que UPN gobernó. No parece que nadie haya echado de menos tal acto, ni siquiera los redactores de la norma.
El art. 12 también ha quedado incumplido: “1. Asimismo, todos los años, en las jornadas anteriores o posteriores al Día de Navarra, y coincidiendo con días hábiles de actividad académica, en todos los centros educativos, públicos y concertados, de enseñanza infantil, primaria, secundaria y universitaria, y bajo la responsabilidad de la dirección del centro y del personal docente, se celebrarán sencillos actos académicos y culturales sobre el tema del valor y del significado de la enseña de Navarra y de los otros signos identitarios navarros. 2. En dichas jornadas o actos se entregarán, gratuitamente, a los alumnos que lo demanden, reproducciones de la bandera, del escudo o del himno de Navarra. Estas reproducciones habrán sido facilitadas a cada centro, gratuitamente, por el Gobierno de Navarra a petición del centro o de su personal docente”. Parece que no ha habido una gran demanda de los símbolos por parte del personal docente y del alumnado, lo cual sin duda ha sido una suerte en años de crisis económica porque nos hemos ahorrado ese gasto. Un desembolso prescindible para las arcas públicas ya que un periódico de los publicados en la Comunidad Foral ha asumido magnánimamente la función de distribuir banderas de Navarra según se acerca el día 3 de diciembre, aunque solo a raíz del cambio de Gobierno de 2015.
La promoción de los símbolos en el ámbito local es abordada por el art. 13, igualmente incumplido e igualmente con efectos benéficos para la Hacienda foral que ha podido dedicar sus recursos a necesidades más apremiantes: “1. Coincidiendo con las jornadas próximas a la del Día de Navarra, se fomentará que los Ayuntamientos y Concejos promuevan la entrega gratuita de la bandera de Navarra, de su escudo o de su himno a los vecinos. 2. Se fomentará que, con motivo de las fiestas patronales de la localidad o de fechas festivas solemnes, los Alcaldes y Presidentes de Concejos puedan facilitar a la población material para engalanar fachadas y balcones con los símbolos identitarios de Navarra. 3. El Gobierno de Navarra proporcionará gratuitamente a los Alcaldes y Presidentes de Concejos ejemplares de banderas, escudos e himnos para dar cumplimiento a lo establecido en los apartados anteriores, así como para engalanar las vías y plazas públicas. El gasto que origine la provisión de banderas, así como el de escudos o del himno, se financiará con cargo a los Presupuestos Generales de Navarra”. La derogación de la Ley Foral de Símbolos alivia de esta obligación presupuestaria al Gobierno de Navarra.
Sobre el art. 18 tengo la duda sobre si se cumple o no se cumple: “Se prohíbe la utilización del himno de Navarra en actos, formas o versiones no oficiales que menoscaben su alta significación”. El tarareo del himno al inicio de las corridas de toros durante los sanfermines, girando las manos en alto, que sustituyó hace unos años al himno de Eurovisión, ¿menoscaba su alta significación?

miércoles, 22 de marzo de 2017

Martin McGuinness

Tuve ocasión de conversar, ahora hace tres años, con el recientemente fallecido Martin McGuinness, lider histórico del Sinn Féin y, entonces, viceprimer ministro de Irlanda del Norte. Visitó Bilbao junto con Jonathan Powell, ex jefe de Gabinete de Tony Blair, con el que compartió la función de mediador para, primero, lograr que ETA pusiese fin a su actividad terrorista (con Powell también coincidí circunstancialmente en la conferencia de Aiete de octubre de 2011, aunque entonces le acompañaba Gerry Adams, además de Kofi Annan, Bertie Ahern, Gro Harlem Brundtland o Pierre Joxe) y, en la fecha a la que me refiero, para que se produjera su desarme. Bajo los auspicios de Lokarri hicieron una ronda de contactos con las diversas fuerzas políticas vascas, incluyendo algunas de Navarra. Con otro compañero acudí en nombre de Izquierda-Ezkerra a hablar discretamente con ellos a un hotel de Bilbao.
El principal interés que tenían ambos era contar su experiencia en la pacificación de Irlanda del Norte, en cuanto pudiera servir de ejemplo para que culminase el proceso de pacificación en el País Vasco. Nos contaron cómo ellos dos habían sido enemigos, uno como miembro del gobierno británico y el otro como antiguo miembro del IRA y dirigente del Sinn Féin, y que cuando se conocieron tenían todos los motivos para odiarse. Sin embargo, a lo largo del proceso de diálogo en que participaron habían conseguido hacerse amigos y años más tarde trabajaban y viajaban juntos. Señalaban la importancia de sentarse a dialogar, incluso entre enemigos, o precisamente entre enemigos, por muy difícil que pareciera poder llegar a ningún acuerdo.
Finalmente, nos invitaron a considerar la idea de que se crease alguna mesa de diálogo entre las fuerzas políticas navarras para ayudar a culminar el proceso de pacificación. Yo tuve la impresión de que ambos conocían la situación política de la Comunidad Autónoma del País Vasco pero que desconocían todo en cuanto a la de Navarra. Les contamos que en la Comunidad Foral era simplemente imposible pensar en que pudieran siquiera sentarse a hablar UPN y PP con Bildu. Se quedaron bastante asombrados.
Tres años más tarde algo hemos mejorado en cuanto a que ETA está a punto de entregar las armas y que una parte importante de sus presos han asumido que han de someterse a la legalidad para obtener, de forma individual, los beneficios penitenciarios que procedan de cara a su reinserción social. Los años de terrorismo pertenecen definitivamente al pasado y, aunque las heridas abiertas tardarán en cicatrizar, poco a poco la convivencia se va normalizando.
Una cosa no ha cambiado. Fuera de las instituciones, sigue siendo imposible que UPN y PP se sienten con EH Bildu para nada. Hace pocas fechas no asistieron a un acto del Día Europeo de Recuerdo de las Víctimas del Terrorismo, según ha declarado una de sus dirigentes, simplemente por no coincidir en la misma foto que los miembros de EH Bildu.
Queda, pues, bastante camino por recorrer en la dirección que nos mostraban McGuinness y Powell.

lunes, 18 de julio de 2016

La guerra no empezó en la plaza del Castillo





Hay una curiosa versión de cómo se inició la guerra civil de 1936, tras el fracaso del alzamiento militar, que se contiene en el blog del Hotel La Perla de Pamplona, y que carece de respaldo alguno en los libros de historia. Versión que hasta hace poco no había salido de dicho blog, pero que al ser acogida por Iván Giménez en un libro (El corralito foral, Arre, Pamiela, 2015, p. 125) que, por méritos propios (salvo algún error como el que voy a señalar), ha recibido una amplia y exitosa difusión, corre peligro de ser tomada en serio. Resulta curioso que Iván Giménez, de forma acrítica, dé pábulo a esta historieta cuando descalifica otras leyendas que se contienen en el mismo blog, como la de que Hemingway fuese cliente asiduo del Hotel La Perla.

Afirma el citado blog que el fracaso del alzamiento militar del 18 de julio saltaba a la vista y cuenta lo siguiente:

«De hecho, esa mañana del 19 de julio, el sublevado Francisco Franco llamó por teléfono a Pamplona para hablar con el general Mola; quería transmitirle que las guarniciones no habían respondido, que Melilla y Pamplona eran las únicas sublevadas, que no merecía la pena seguir con la revuelta. Pero Mola no estaba en el Palacio de Capitanía, y le remitieron al teléfono del Hotel La Perla, pues le informaron que estaba en la Plaza del castillo pasando lista a las tropas.
Ante la llamada de Franco en La Perla salieron a buscar al general, y este último, una vez escuchada la opinión de su compañero de alzamiento, apoyado en el mostrador del hotel, le respondió con rotundidad: “Francisco, tu haz lo que quieras, pero en la Plaza del Castillo de Pamplona hay en este momento miles de hombres listos para luchar y que me están diciendo que ¡adelante!, así que yo con ellos estoy, y esto ya es imparable”. Ante esta reacción al joven general Franco no le quedó más remedio que admitir: “pues si tú estás dispuesto a seguir, yo no voy a ser menos”. Y ese día salían desde Pamplona varias columnas de combatientes hacia una guerra que habría de durar tres años».

Y añade:

«En aquel locutorio telefónico que había en el vestíbulo del hotel el general Emilio Mola acababa de sentenciar que la sublevación debía de seguir adelante, que la maquinaria de la guerra no debía pararse. Junto a él, en la pared, aparecía dibujado un gran mapa de España; sobre esta piel de toro se había puesto unas banderas nacionales, bicolores y tricolores, según fuese el dominio en ese momento; Ceuta y Melilla (Franco) y Pamplona (Mola) eran las únicas ciudades tomadas por el bando nacional, el resto estaba en manos del bando rojo».

Ninguno de los hechos contenidos en este relato merece el menor crédito. En la mañana del 19 de julio de 1936 la suerte del alzamiento militar era incierta, pero no se puede afirmar que hubiese fracasado en todas partes menos en Pamplona y Melilla. Esa misma mañana a las siete Franco aterrizaba con el Dragon Rapide en Tetuán, procedente de Casablanca donde había hecho noche, para comprobar que todo el ejército de Marruecos se había unido a la sublevación. Las Canarias, bajo el mando del general Orgaz, también estaban controladas por los sublevados. El golpe militar había triunfado esa madrugada en la mayor parte de Galicia, León y Castilla la Vieja, así como en Sevilla, con el general Queipo de Llano, en Zaragoza, con el general Cabanellas, o en Córdoba, con el coronel Cascajo. Si hubiera existido esa conversación entre Franco y Mola, que ningún historiador menciona, habría tenido que discurrir por otros cauces bien distintos.

martes, 24 de noviembre de 2015

Hostias



1. Creo que la libertad de expresión conlleva la carga de que alguien se pueda sentir ofendido cuando es ejercida por otros. Garantizar que nadie se ofenda por nada únicamente se consigue negando la libertad de expresión. No solo en caso de duda debe darse preferencia a esta, sino también cuando no hay duda alguna de que su ejercicio ofenderá a alguien. Por esa razón no creo que deba prohibirse, censurarse ni sancionarse la exposición que Abel Azcona ha montado en la Sala de Exposiciones Conde de Rodezno de Pamplona, aunque es obvio que su propósito era ofender (“provocar”, se prefiere decir).

2. No entiendo muy bien en qué consiste el delito de ofensa de los sentimientos religiosos que se incluye en el Código Penal. Definir en qué consiste exactamente la religión ya es complicado, así que poner límites a los sentimientos religiosos resulta muy problemático. Me temo que decidir cuándo se comete ese delito queda a un arbitrio excesivo de los jueces que tengan que ocuparse del caso. Yo a menudo siento que se ofenden mis sentimientos, pero no sabría decir cuándo son los religiosos y cuándo son los otros sentimientos que tampoco soy capaz de identificar y delimitar. Cuando nuestros buenos aliados los saudíes condenan a alguien a muerte por dejar el Islam para convertirse a otra religión mis sentimientos se ven afectados, pero no sé si son los religiosos. También me sucede con todas las noticias sobre abusos sexuales ejercidos por sacerdotes, sobre las turbias finanzas del Vaticano, sobre las misas en recuerdo de Franco, sobre los atentados yidahistas, sobre la persecución religiosa en Siria e Iraq, sobre el genocidio armenio, sobre la explotación infantil en el tercer mundo por la industria textil, sobre los refugiados que se ahogan en el Mediterráneo, sobre las hambrunas en África, sobre los desahucios en España, sobre la creciente pobreza y desigualdad… No sé si mi aversión a la guerra y a la pena de muerte proviene de mis creencias religiosas (“No matarás”, dice la Biblia), de mis creencias filosóficas, políticas, éticas o estéticas, no soy capaz de compartimentarlas. La verdad es que mi adicción a leer la prensa todos los días afecta gravemente a mis sentimientos, pero no tengo ni idea cuándo a los religiosos y cuándo a los demás y no aspiro a que manden a nadie a la cárcel por ello. También ofende mis sentimientos la gente de piel muy fina que tiene la bíblica costumbre de rasgarse las vestiduras a cada poco alegando que se ofenden sus creencias y que monta misas de desagravio suponiendo que Dios también es un ser muy susceptible que se ofende fácilmente y al que hay que aplacar de continuo. Yo creo que Dios no se ofende tan fácil.

3. La exposición que ha montado Abel Azcona, al menos la pieza que ha producido tanto escándalo (no conozco el resto), ese montaje con hostias, me parece de una idiotez insuperable. Lo de ir de iglesia en iglesia haciendo como que comulga para conseguir las formas consagradas me parece de un infantilismo supino. Como comerse el Corán, que hizo el mismo individuo hace un tiempo. Creer que es arte simplemente la provocación por la provocación resulta algo muy caduco, lo de épater les bourgeois tiene más de cien años y ya aburre. Hacerse luego el sorprendido ante las reacciones provocadas indica que el presunto artista es un cínico o un memo. Desgraciadamente, exposiciones tan estúpidas como esta para solaz exclusivo del artista y de unos pocos amiguetes son frecuentes y contribuyen a alejar a la mayor parte del público de las galerías donde se exhiben. El Ayuntamiento de Pamplona, y todas las instituciones públicas, harían bien en pensar mejor en qué se gastan el dinero.

sábado, 26 de septiembre de 2015

Independencia

En principio, estoy a favor de la independencia. Eso sí, de la independencia que consiste en poder vivir prescindiendo de la gente con la que no quieres vivir. Eso se consigue sobre todo con la independencia personal, esa a la que aludía el anuncio de Ikea de la República independiente de mi casa. Te vas de casa de tus padres a vivir solo, cuando ya tienes edad e ingresos suficientes, o abandonas el nido paterno para irte a vivir en pareja con la persona de la que piensas que no puedes vivir sin ella y con la que crees que quieres vivir para siempre.
La independencia colectiva, esa que consiste en que un territorio se declara independiente de otro, me convence menos. Sigues viviendo con la misma gente alrededor, te caiga bien o te caiga mal. No sé si les pasa a los demás, pero la mayoría de la gente que yo no soporto y con la que no me gusta vivir vive precisamente por aquí cerca, en mi tierra. Eso se debe a que donde más gente conozco es aquí, en la tierra en la que he vivido siempre. Pero le veo poca ventaja a declarar la independencia de gente a la que no conozco, que vive muy lejos, y que no sé si me cae bien o mal, y seguir aguantando aquí cerca a un montón de gente a la que no soporto. La solución está inventada, es la independencia con limpieza étnica, eliminas a la gente que te molesta amenazándola para que se vaya y, si no se va, la matas. Por supuesto, es una atrocidad y no la patrocino, lo que digo es que resulta coherente con la idea de "mejor nosotros solos" que suele alegarse para defender la independencia.
En fin, no sé que votarán mañana los catalanes, si a favor o en contra de la independencia, pero yo les recomendaría que se piensen bien si les va a merecer la pena perder de vista a Rajoy y los suyos pero hacer el viaje con la familia Pujol, Mas y toda la gente de su partido.

viernes, 12 de junio de 2015

Estereotipos sobre el matrimonio de personas del mismo sexo

Con ocasión de la aprobación en Irlanda por referéndum del matrimonio de personas del mismo sexo me ha llamado la atención la cantidad de opinadores que resaltaban lo paradójico de que esa aprobación se produjera en un país tan católico.

Me temo que quienes hacen ese comentario caen en un estereotipo fácil que no resiste apenas contraste con la realidad. Se supone que, ya que la jerarquía de la Iglesia católica (es decir, una minoría de la Iglesia católica, la cual está compuesta en su inmensa mayoría por laicos que en muchas cuestiones suelen apartarse de las recomendaciones de sus pastores) se pronuncia reiteradamente en contra de ese matrimonio, resulta lógico pensar que en los países de mayoría o de tradición católica resulta más difícil o improbable que se apruebe la medida. Se supone también que los prejuicios contra la homosexualidad estarán más arraigados cuanto mayor sea la influencia de la Iglesia católica (o del cristianismo, en general, añadirían algunos) en un país.

Lo cierto es que esa supuesta correlación entre influencia católica y prohibición del matrimonio de personas del mismo sexo simplemente no existe. De los veintidós países que, según mis cuentas, han aprobado hasta el momento el matrimonio de personas del mismo sexo resulta que todos ellos son de tradición cristiana y, la mayoría, de tradición católica. Antes que la católica Irlanda aprobaron la medida países de no menor tradición católica como Bélgica, España, Portugal, Francia, Eslovenia, Luxemburgo, Canadá, Argentina, Uruguay, Brasil y algunos estados de México. Se puede pensar que el avance del matrimonio homosexual va parejo al descenso de la influencia de las creencias y de la práctica religiosa en esos países. Quizás pueda afirmarse eso en Europa, pero no desde luego en Brasil y menos en Estados Unidos, donde el primer estado en permitirlo fue Massachussets, en el cual los católicos constituyen tradicionalmente la primera comunidad religiosa. Curioso resulta también el caso del Reino Unido. El matrimonio de personas del mismo sexo está aprobado en Inglaterra, Gales y Escocia; en Irlanda del Norte fue rechazado por su parlamento donde votaron a favor los partidos de mayoría católica y en contra los de mayoría protestante.

En fin, que sin negar que la influencia de la religión pueda ser uno de los muchos factores que deben analizarse en cuestiones políticas como esta, la simplista correlación que se hace entre influencia católica y dificultad para la aprobación del matrimonio de personas del mismo sexo debe ser puesta en cuarentena. Tampoco nos vamos a lanzar a la fácil conclusión contraria de que en los países católicos sea más fácil que se apruebe. Sin duda, la cuestión es mucho más compleja y habría que analizar muchos otros factores.